CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Short FictionPublic
Página 327 de 837
Table of Contents

Marido y Mujer

Cuesta entender cómo los caballos se encuentran tan cómodos en sus establos que, por muy hermoso que sea el día, por muy encantador que sea el campo y por muy estimulante que sea el aire, siempre se regocijan al regresar a su sombría penumbra: más me cuesta a mí entender cómo el señor Dempster podía sentirse tan cómodo en su propia mente como para no querer salir de ella jamás, ni siquiera a riesgo de perder la chaveta; pero sin duda la penumbra de su penumbra mental tuvo mucho que ver con su contento. Y luego existe aquello en cada mente humana que ningún vecino, no, que ningún hombre puede entender. Puede que a su vez mi vecino esté considerando mi mente como un lugar sombrío para habitar, mientras que yo la encuentro una residencia nada indeseable, aunque principalmente debido al número de ventanas que me ofrece para mirar hacia afuera. Aun así, si la lúgubre oficina de Dempster en la City no era del todo un reflejo suficiente de la mente que la utilizaba, considero que es uno bastante aceptable.

Pero ¿en qué se diferenciaba tanto la señora Dempster de su marido, como groseramente imagino que algunos de mis lectores la imaginan? Cualesquiera que hayan sido sus razones para casarse con él —uno supondría que debieron de ser de mucho peso—, para hacerlo debió de encontrarse en un estado muy poco desarrollado, y en ese estado seguía.

No quiero decir con esto que estuviera menos desarrollada que noventa y nueve de cada cien: la mayoría de las mujeres solo me afectan como valiosa materia prima a partir de la cual se están haciendo cosas preciosas. ¡Cuánto podrían ser, deben ser, serán!

Pues ahora están ahí como otras tantas mujeres de Lot⁠—o más bien como tantos bloques de mármol toscamente labrados, de los cuales una Divinidad está modelando los fines. La señora Dempster tenía todo lo necesario para ser una mujer encantadora, pero a pesar de su gracia, su belleza, su dulzura y también sus canciones alondradas, era una mujer muy corriente en aquella región de su ser que sabía lo que quería decir cuando decía «yo».

327