Y si él intentaba atraparla, ella se le escurría en un instante, sin tenerle el menor miedo, sino pensando que no dejarse atrapar formaba parte del juego.
Con un solo impulso de su pie, quedaba flotando en el aire por encima de su cabeza; o se iba bailando hacia atrás, hacia adelante y hacia los lados, como una gran mariposa.
Sucedió varias veces, cuando su padre y su madre estaban reunidos en privado deliberando sobre ella, que se vieron interrumpidos por estallidos de risa vanamente reprimidos sobre sus cabezas; y al mirar hacia arriba con indignación, la veían flotando cuan larga era en el aire por encima de ellos, desde donde los contemplaba con la más comiquísima apreciación de la situación.
Un día ocurrió un percance curioso. La princesa había salido al césped con una de sus damas, que la llevaba de la mano. Al divisar a su padre al otro lado del césped, le retiró la mano a la doncella y corrió hacia él. Ahora bien, cuando quería correr sola, su costumbre era tomar una piedra en cada mano, para poder volver a bajar después de un salto. Todo lo que llevaba como parte de su atuendo no producía ningún efecto en este sentido: incluso el oro, al convertirse así por decirlo en parte de ella misma, perdía todo su peso por un tiempo. Pero lo que solo sostenía en las manos conservaba su tendencia hacia abajo. En esta ocasión no vio nada que recoger salvo un sapo enorme, que caminaba por el césped como si le sobraran cien años para hacerlo. Sin saber lo que significaba el asco, pues esta era una de sus particularidades, tomó al sapo y salió disparada. Casi había llegado junto a su padre, y este le tendía los brazos para recibirla y tomar de sus labios el beso que aleteaba en ellos como una mariposa en un capullo de rosa, cuando una ráfaga de viento la desvió hacia los brazos de un joven paje, que acababa de recibir un recado de Su Majestad.