gran rodeo y pasó veloz como una sombra arrastrada por el viento. Porque el viento se había levantado y aumentaba su terror: soplaba desde sus espaldas. Llegó a la cresta del valle y se precipitó por la empinada bajada como una estrella fugaz. ¡Al instante, toda la región superior a sus espaldas se levantó y lo persiguió! El viento lo alcanzó aullando, lleno de alaridos, chillidos, gritos, bramidos, risas y parloteos, como si todos los animales del bosque corrieran a la par. ¡En sus oídos resonaba una estampida, el trueno de los casco de las ganaderías, que corrían desde todos los rincones de las vastas llanuras hacia la cima de la colina que tenía encima! Huyó en dirección recta hacia el castillo, apenas con aliento para jadear.
Al llegar al fondo del valle, la luna asomó por encima de su borde. Nunca antes había visto la luna —excepto de día, cuando la había tomado por una nube delgada y brillante—. ¡Ella representaba un nuevo terror para él: tan fantasmagórica! ¡tan macabra! ¡tan espeluznante! ¡tan sabelotodo al mirar por encima de la tapia de su jardín hacia el mundo exterior! ¡Aquello era la noche misma! ¡la oscuridad viva —y tras él! ¡el horror de los horrores bajando por el cielo para helarle la sangre y calcinarle el cerebro! Sollozó y se dirigió directo al río, por donde corría entre los dos muros, al fondo del jardín. Se adentró de un salto, luchó por cruzarlo, trepó por la orilla y cayó inconsciente sobre la hierba.