Diciendo esto, cruzó los ojos de Colin con su varita.
—¡Y bien, tontorrón! —dijo ella y en ese instante Colin vio la habitación como un gran granero, lleno de criaturas de unos dos pies de altura. Las vigas del techo estaban abarrotadas de hadas, que hacían toda clase de travesuras imaginables, trepándose por todas partes, derribándose unas a otras, tirándose polvo y hollín a la cara, sonriendo desde detrás de los rincones, cayéndose sobre los cuellos ajenos y haciéndose zancadillas.
Dos de ellas se habían apoderado de una cáscara de huevo vacía y, acercándose por la espalda a otra que estaba sentada en el borde de la mesa y se burlaba de alguien en el suelo, la volcaron justo encima de este, de modo que quedó perdido en aquella hondonada cavernosa.
Pero las damas-hada no participaban en ninguna de estas bromas pesadas. Sus travesuras eran siempre graciosas, y se dedicaban más a hablar que a actuar.
Pero en el momento en que la reina le hubo cruzado la varita por los ojos, ella continuó:
«Sabe, hijo de un mortal humano, que has complacido a una reina de las hadas. Reina como soy de los elementos, no puedo tener todo lo que deseo. Una cosa me has dado. Años he anhelado un camino por este arroyo hasta el océano de más abajo. Tu horrible corral, desde que tu bisabuelo construyó esta cabaña, ha sido el único obstáculo. Pues las hadas odiamos la suciedad, no solo en las casas, sino también en los campos y bosques, y sobre todo en los arroyos. Pero ya no puedo seguir hablando así. Te diré algo, eres un muchacho encantador y bueno, y tendrás lo que te plazca. Pídeme lo que quieras».
—Majestad, si os place —dijo Colin, con mucha calma—, quiero a una niña que os llevasteis hace unos siete años, en el momento en que nació. Majestad, si os place, la quiero a ella.