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nydus/Short FictionPublic
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Stephen Archer

de llegar al lugar, había empezado a dudar si el viejo Adán no lo había vencido en lo tocante a darle un bofetón en las orejas al muchacho; y las entrevistas siguientes le parecieron, en consecuencia, menos satisfactorias de lo habitual. Decepcionado consigo mismo, no podía mostrarse tan optimista con los demás.

Mientras descendía por una escalera tan estrecha que apenas cabían dos personas, se cruzó con la misma joven que iba subiendo. Aprovechando la oportunidad, se hizo a un lado con sus mejores modales y dijo:

—Siento haberle ofendido esta noche. No sabía que el muchacho era su hermano.

“¡Oh, señor! —respondió ella, pues para alguien en su situación, Stephen Archer era un caballero: ¿no tenía acaso tienda propia?—; no le ha hecho mucho daño; solo que me preocupa tanto salvarlo”.

—Sin duda —respondió Stephen—, eso es lo único indispensable.

—Sí, señor —replicó ella—. Me esfuerzo mucho, pero los chicos siempre serán chicos.

“No hay más que un modo, ya lo sabes”, dijo Stephen, acompañando las palabras con cierta fórmula que no repetiré.

La muchacha se quedó mirando.

—No sé yo qué decirle —comentó—. Lo que yo quiero es mantenerlo fuera de la cárcel. A veces creo que no voy a poder aguantar mucho más. ¡Ay, señor! Si usted es el caballero que anda por aquí, ¿no podría ayudarme? No consigo que le den ningún trabajo, y no puedo estar en casa para cuidarlo.

—¿Qué hace, pues, todo el día?

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