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nydus/Short FictionPublic
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XIV

se guardó la llave en el bolsillo y luego se alejó colina arriba. En pocos minutos se desató una gran batalla entre Príncipe y el perro que ocupaba su antiguo puesto —un tipo bienintencionado pero torpe, que sabía pelear mejor que alimentar—. Príncipe no tardó en demostrarle que él estaba destinado a ser su amo y luego, con sus esfuerzos y sus órdenes a los perros, las ovejas volvieron a reunirse pronto, a salvo de los zorros y de los perros malos. Tan pronto como esto estuvo hecho, la sabia mujer los dejó al cuidado de Príncipe, mientras ella iba a la granja vecina para arreglar lo del aprisco para las ovejas y la comida de los perros.

Cuando los soldados llegaron al palacio, recibieron la orden de llevar a sus prisioneros de inmediato ante la presencia del rey y de la reina, en la sala del trono.

Sus dos tronos se alzaban sobre una alta tarima en un extremo, y sobre el suelo, al pie de la tarima, los soldados depositaron a sus indefensos prisioneros.

La reina ordenó que los desataran y les mandó que se pusieran en pie. Ellos obedecieron con la dignidad de la inocencia ofendida, y su porte disgustó a sus necias majestades.

Entre tanto la princesa, tras el viaje de un largo día, llegó al palacio, y se acercó al centinela en la puerta.

—Atrás —dijo el centinela.

—Deseo entrar, por favor —dijo la princesa con delicadeza.

«¡Ja! ¡ja! ¡ja!», se rió el centinela, pues era una de esas personas obtusas que juzgan a alguien por sus ropas, sin siquiera mirarle a los ojos; y como la princesa iba vestida con harapos, su petición le resultó divertida, y el zoquete se creyó muy listo por reírse de ella de aquel modo.

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