Pero ¿cómo se iba a lograr esto? En ello radicaba toda la dificultad, para la cual los filósofos no eran lo suficientemente sabios. Hacer llorar a la princesa era tan imposible como hacerla pesar. Hicieron venir a un mendigo profesional; le ordenaron que preparara su más conmovedor relato de desgracias; lo ayudaron, con lo que quiso de la caja de disfraces de la corte para arreglarse, y le prometieron grandes recompensas en caso de éxito. Pero todo fue en vano. Ella escuchó la historia del artista mendicante y contempló su maravilloso maquillaje, hasta que no pudo contenerse más, y se retorció en las contorsiones más indignas para aliviarse, gritando, chillando positivamente de risa.
Cuando hubo vuelto en sí un poco, mandó a sus sirvientes que lo echaran y no le dieran ni un solo cobre; ante lo cual, su expresión de humillado desconcierto constituyó a la vez el castigo de ella y la venganza de él, pues la sumió en un ataque de histeria violenta del que solo con dificultad logró recuperarse.
Pero tan ansioso estaba el rey de que la sugerencia fuera probada debidamente, que un día se puso furioso y, subiendo a toda prisa a su habitación, le dio una paliza terrible.
Sin embargo, ni una sola lágrima brotaría. Ella se mostraba seria, y su risa sonaba horriblemente parecida a un grito; eso era todo.
El buen viejo tirano, aunque se puso sus mejores gafas de oro para mirar, no pudo descubrir la más mínima nube en el azul sereno de sus ojos.