Ella se ríe demasiado
Mientras tanto, a pesar de los sucesos incómodos y de las penas que infligía a sus padres, la pequeña princesa reía y crecía, no gorda, sino rellena y alta.
Alcanzó la edad de diecisiete años sin haber caído en peor apuro que el de una chimenea; al rescatarla de ella, un pilluelo buscador de nidos de pájaros ganó fama y la cara negra.
Tampoco, por muy irreflexiva que fuera, había cometido nada peor que reírse de todos y de todo lo que se cruzaba en su camino.
Cuando le dijeron, a modo de experimento, que el general Clanrunfort había sido hecho pedazos con todas sus tropas, se echó a reír; cuando oyó que el enemigo venía de camino a asediar la capital de su papá, se rio a carcajadas; pero cuando le dijeron que la ciudad sería sin duda entregada a la merced de los soldados del enemigo —vaya, entonces se rio desmesuradamente.
Jamás se logró que viera el lado serio de nada. Cuando su madre lloraba, ella decía:
—¡Qué caras tan raras pone mamá! ¿Y se saca agua de las mejillas? ¡Mamá graciosa!
Y cuando su papá le gritaba furioso, ella se reía, y daba vueltas y más vueltas a su alrededor, aplaudiendo y gritando—
—Hazlo otra vez, papá. ¡Hazlo otra vez! ¡Es muy divertido! ¡Querido y divertido papá!