«La coronilla... buen cuenco para engrudo», fue el siguiente comentario general.
“Pelo grueso, buenas puntas”, siguió.
“Tendones—buen hilo.”
“Huesos y sangre: buena pasta para botas de siete leguas”.
“Orejas—buenazos ojetes para calzárselas. Un par cortito ahora”.
«Suelas—lo mismo para los zapatitos de dama».
Y así continuaron, troceando su cuerpo de la manera más irreverente para los usos de su oficio, hasta que, habiendo llegado a los dientes, y habiendo dicho—
—Dientes: buenos clavos —todos dieron un chillido como el zumbido de los hilos encerados al pasar por el cuero, y se abalanzaron sobre él con las leznas levantadas como dagas. No había tiempo que perder.
—La vieja del huso... —dijo Colin.
—No la conozco —gritaron los zapateros.
—La vieja de la rueca —dijo Colin, y todos corrieron de regreso a sus asientos y se pusieron a martillar con energía.
—Ella deseaba —continuó Colin—, que le pidiera al zapatero un trozo de su cera.
Cada uno de ellos tomó su trozo de resina labrada y se lo tendió a Colin. Este cogió el que le ofrecía el más cercano, y comprobó que todos sus trozos habían desaparecido; tras lo cual se sentaron inmóviles y se quedaron mirándolo fijamente.
—¿Pero qué voy a hacer con esto? —preguntó Colin.