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nydus/Short FictionPublic
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Mucho más valiosas que las piedras preciosas

Su conducta demostró, en efecto, que Annie había actuado prudentemente al irse de inmediato a casa de su madre, donde poco después su antigua ama la buscó y la encontró; interpretando con grandeza el papel de alguien justamente indignado en su más íntima dignidad. Su peor enemiga no habría podido desear para ella nada más degradante que verla y oírla.

Insistió en que Héctor renegara de Annie o se fuera de la casa. Héctor le expuso el asunto a su padre. Este lo animó a complacer a su madre tanto como pudiera, y a demorarse, sin ir todas las noches a ver a la muchacha, con la esperanza de que el tiempo obrara algún cambio.

Pero el tiempo transcurrió entre amargos reproches por parte de la madre, y reconvenciones por parte del hijo, y no apareció señal alguna de la mejoría que el padre había esperado.

El hecho era que la vulgaridad natural de la señora Macintosh había sido tan mimada por lo que ella consideraba riqueza, y se había vuelto tan vanidosa, que su propia persona parecía abrirle la puerta de par en par al diablo.

Pues la presunción es tal vez una raíz de todo mal aún más profunda que el amor al dinero. Cualquier afecto profundo y sincero le habría hecho la vida imposible al diablo, pero en su corazón había poco espacio para semejante amor.

Parecía no creer en nada que no fuera la moda y la elegancia, no importarle nada más que lo que ella llamaba «lo que se lleva». Creció en su propia petulancia y ganó cada vez más peso en su propia estimación: vestía ropas aún más llamativas y vulgares, y de hecho cultivó una jerga que pronto se despidió de toda delicadeza, de modo que se hundía y se hundía, y comía y bebía, hasta que al final le dio la impresión a su bondadoso clérigo de ser alguien apenas un poco superior a las bestias que perezcan —si es que, en verdad, era en algún aspecto igual a un buen perro consciente—.

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