—El tiempo va a estar malo todo el día, señor —dijo ella—. Más le valdría marcharse, o sus amigos se irán sin usted.
Antes de que pudiera responder, vio una mirada tan suplicante en el rostro de la muchacha que dudó, desconcertado. Al mirar a la madre, vio el destello de ira en su rostro. Se levantó y se acercó a su hija con la mano alzada para golpearla. La joven agachó la cabeza con un grito. Él dio un salto alrededor de la mesa para interponerse entre ambas. Pero la madre la había agarrado; el pañuelo se le había caído del cuello y el joven vio cinco cardenales azules en su precioso cuello: las marcas de los cuatro dedos y el pulgar de una mano izquierda. Con un grito de horror salió huyendo de la casa, pero al llegar a la puerta se volvió. Su anfitriona yacía inmóvil en el suelo y un enorme lobo gris salió en su persecución a grandes brincos.
No había ningún arma a mano; y si la hubiera habido, su innata hidalguía nunca le habría permitido hacer daño a una mujer, ni siquiera bajo la apariencia de un lobo.
Instintivamente, se plantó firme, inclinándose un poco hacia adelante, con los brazos medio extendidos y las manos curvadas, listas para aferrarse de nuevo a la garganta sobre la cual había dejado aquellas lastimosas marcas. Pero la criatura, al saltar, eludió su asimiento, y justo cuando esperaba sentir sus colmillos, se encontró con una mujer que lloraba sobre su pecho, con los brazos rodeándole el cuello.
Al instante siguiente, el lobo gris se zafó de él y salió aullando peñasco arriba.
Reponiéndose como pudo, el joven la siguió, pues era el único camino hacia el páramo superior, a través del cual debía abrirse paso ahora para encontrar a sus compañeros.
De pronto oyó el crujido de unos huesos, no como si una criatura se los estuviera comiendo, sino como si fueran triturados por los dientes de la