marcados como para que los observara. Procuraba aferrarse al sentimiento que producía la expresión: nada que fuera menor que la reproducción de una condición similar en su propio sensorio imaginativo, sujeto a su pausado examen, habría satisfecho jamás a la pequeña metafísica. Pero lo que en verdad resultaba muy extrañó eran los medios de los que se valía para alcanzar el conocimiento empático que deseaba. Como si hubiera sido la más ferviente estudiosa de la expresión dramática a través de los músculos faciales, se sentaba a observar el rostro del objeto de su interés, todo el tiempo, con plena consciencia, moldeando el suyo propio tanto como le era posible según las líneas y formas del otro: a medida que lo conseguía, la pequeña psicóloga imaginaba sentir en su interior la condición que producía el fenómeno que observaba —como si la forma de su cara proyectara hacia adentro su sombra sobre su mente, revelándole así, a través de los dos rostros, lo que se agitaba y conformaba en la mente del otro.
En el presente caso, habiendo al fin, tras moldear y remoledar su rostro como el de una muñeca de gutapercha durante un rato, compuesto este finalmente en la mejor correspondencia que pudo lograr, se sentó a meditar un momento, con la expresión de Alice como congelada sobre él.
Gradualmente, las formas asumidas se desvanecieron y permitieron que su rostro quieto y solemne se asomara desde detrás de ellas.
En cuanto este desvanecimiento se completó, se levantó y fue hacia Alice, que estaba sentada mirando fijamente el fuego, ajena al escrutinio al que había estado sometida, y, mirándole a la cara, le sacó el pulgar de la boca y dijo:
—¿Está castigando el Señor a Alice? Ojalá castigara a Phosy.
Su rostro era tan tranquilo como el de la Esfinge; no había bruma en lo hondo de sus ojos grises, ni una sola nube en el ancho cielo de su frente.