baja frente, al ser además más largo de lo habitual, tenía un aspecto particularmente equino. Era de estatura algo inferior a la media, delgado y bastante bien hecho; en suma, un mortal corriente, conocido en la Bolsa como un hombre de negocios hábil, astuto y laborioso.
No sé cuál era su ocupación exacta. Iba a la ciudad en el ómnibus de las ocho todas las mañanas, se metía en un callejón, entraba a una pequeña plaza, subía a toda prisa dos tramos de escalera hasta un par de habitaciones, y se sentaba en la del fondo ante una mesa de despacho en una silla de asiento de cerda. Era un lugar sombrío; no tan sucio como parecía, me atrevo a decir. Incluso los a cristales de las ventanas, al ser de mala calidad, creo que se veían más sucios de lo que estaban. Era un sitio donde, a juzgar por la vista de un extraño, mucho o nada podía estar haciéndose. Su ocupante siempre llevaba el sombrero puesto allí adentro, y su sombrero siempre parecía descuidado.
Unos decían que era rico, otros que lo sería algún día. Unos decían que era un hombre responsable, fuera cual fuere la intención que se le hubiera querido dar al epíteto. Creo que era tan honrado como las leyes reconocidas de su oficio exigían—¿y de cuántos podría decir más? Nadie decía que fuera avaricioso—pero claro, se movía entre hombres cuya idea fija era primero hacer dinero, y después ser religiosos o divertirse, según se diera el caso. Y nadie tampoco dijo jamás de él que fuera un hombre bueno o generoso.
Tenía unos cuarenta años, con un aspecto que de algún modo hacía pensar que nunca había sido más joven. Había recibido una educación bastante buena —mejor de la que por lo general se considera necesaria para fines mercantiles—, pero habría sido difícil descubrir señales de ello en cómo empleaba su tiempo libre. Los domingos por la mañana iba con su mujer a la iglesia, y al volver a casa almorzaba espléndidamente, plato