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nydus/Short FictionPublic
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Mucho más valiosas que las piedras preciosas

confesión, de cualquier modo, aligeraría el peso de su carga. Pasivamente al fin, por puro cansancio mental, su mente no hacía más que ir y venir sobre sus propios rastros, borrándolos sin cuidado, cuando de pronto una nueva y horrible conciencia emergió del fango hollado: ¡que se alegraba de que al menos Sophy tuviera el dinero! Por un instante fugaz se alegró, con la alegría de Lady Macbeth, de que lo hecho hecho estaba y no se podía cambiar. Entonces, una vez más, la tormenta en su interior se despertó y ya no quiso calmarse.

Pero ahora sobrevino una tercera cosa que trajo consigo esperanza, pues sugería una vía de liberación.

Impulsada por la misma fuerza que hace que un asesino ronde el escenario de su crimen, salió de la casa, y no fue consciente de hacia dónde dirigía sus pasos hasta que se encontró de nuevo pasando frente a la puerta de la casa del banquero; allí, en aquella misma ventana de la cocina, al nivel de la acera, vislumbró, en grandes caracteres trazados a pluma —obra al parecer de la cocinera o de otro de los sirvientes—, el anuncio de que se necesitaba una criada de planta inmediatamente.

De nuevo sin pararse a pensar, y cobrando conciencia del hecho y del significado de lo que había hecho solo después, dio media vuelta, regresó a la puerta de entrada y llamó. La abrió casi al instante la cocinera, y de inmediato la tormenta de su miseria se vio menguada por una creciente luna de esperanza, y la noche se iluminó a su alrededor.

¡Ah, a través de qué miserias no son incluso las frágiles esperanzas nuestras mejores y más seguras guías, nuestras únicas guías verdaderas, hacia otras esperanzas aún más hermosas!

—¿Deseaba ver a la señora? —preguntó la cocinera de cara alegre, de pie al otro lado del umbral; y, sin esperar respuesta, dio media vuelta y abrió paso hacia el salón. Annie la siguió, como a través de los cimientos del derribado muro de Jericó; y descubrió, para su sorpresa, que la señora Macintosh, que la

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