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nydus/Short FictionPublic
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VIII

“¡Oh!, si tuviera mi seriedad —pensó, contemplando el agua—, saldría disparada de este balcón como una larga gaviota blanca, de cabeza hacia la entrañable humedad. ¡Ay de mí!”

Esta era la única consideración que la hacía desear ser como los demás.

Otra razón por la que le gustaba el agua era que solo en ella disfrutaba de cierta libertad. Pues no podía salir a pasear sin un cortejo, compuesto en parte por una tropa de caballería ligera, por miedo a las libertades que el viento pudiera tomarse con ella.

Y el rey se volvió más aprensivo con los años, hasta que al fin no le permitía salir a pasear en absoluto sin unas veinte cuerdas de seda sujetas a otras tantas partes de su vestido, y sostenidas por veinte nobles.

Por supuesto, montar a caballo estaba fuera de todo cálculo. Pero ella se despedía de toda esta ceremonia en cuanto se metía en el agua.

Y tan notables fueron sus efectos en ella, especialmente al devolverle por un tiempo la gravedad humana ordinaria, que Zum-Zum y Copi-Seco acordaron recomendar al rey que la enterrara viva durante tres años; con la esperanza de que, ya que el agua le había hecho tanto bien, la tierra le haría aún más.

Pero el rey tenía algunos prejuicios vulgares en contra del experimento y no quiso dar su consentimiento.

Frustrados en esto, coincidieron sin embargo en otra recomendación; lo cual, considerando que el uno importaba sus opiniones de China y el otro del Tíbet, era en verdad de lo más notable. Argumentaban que, si el agua de origen y aplicación externa podía ser tan eficaz, el agua de una fuente más profunda podría obrar una cura perfecta; en resumen, que si se lograba por algún medio hacer llorar a la pobre y afligida princesa, tal vez recuperaría su gravedad perdida.

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