decir, que nunca superan una ofensa o una decepción. Se respetan tanto a sí mismos y, a partir de ese respeto propio, confían tanto en el éxito, valoran tanto el no ser jamás derrotados sino el salirse siempre con la suya, que cuando se ven abocados a confesar su derrota, tal confesión brota de la «pobre boca mudez» de una herida que no puede sanar. Está ahí para siempre; estará ahí al menos hasta que encuentren a otro Dios a quien adorar que no sea su propio mezquino ser. De ahí vino que el abismo entre ambos estados espirituales se abriera un poco más en cierto punto, y una neblina de insatisfacción se levantara no pocas veces de cierta charca estancada en su hondonada. La causa era mezquina en cierto sentido, pero nada a lo que pertenezca el nombre de «Causa» puede dejar de mezclar el elemento de lo terrible incluso con su propia mezquindad. Su peor efecto fue que impidió el acercamiento en otras zonas de sus naturalezas en marcha.
Y en cuanto a la señora Dempster, lamento la justificación aparente que lo que he de confesar sobre ella debe de dar a los caprichos severos de los esposos como el suyo: