“¿En nombre de tu pueblo?”
—En nombre de mi pueblo —dijo la reina—, que ninguno de nosotros aquí presente volverá a molestaros a vos ni a vuestra familia jamás.
—Entonces bajaré —dijo Colin, y saltó a la cubeta. Con la lezna del zapatero pronto abrió un gran agujero en la roca, pues perforaba y cortaba como si fuera mantequilla. Entonces salió reptando un hermoso niño de unos diez años, directo a los brazos de su padre, con los ojos, las orejas, la barbilla y las mejillas sanos y salvos. Y se lo llevó a casa con su madre.
Fue una decepción encontrarlo tan aniñado a su edad; pero ese defecto pronto empezó a remediarse.
Y la casa estaba llena de júbilo.
Y el pequeño Colin les contó toda la historia de su paso por el país de las hadas.
Y no le llevó tanto tiempo como pensaríais, pues él se imaginaba que solo había estado allí una semana más o menos.