Luego, con jugueteo, ¡pero ay! con tanta ternura, con la parte inferior y más suave del brazo le acarició el rostro, frotándolo primero contra una mejilla y luego contra la otra, y terminó con ambos brazos alrededor de su cuello, mientras sus manos le apretaban la cabeza contra el pecho.
—¡Esposa! ¡Esposa! —balbuceó Héctor, conteniéndose con dificultad—; ¡mi mujer fuerte y hermosa! ¡Pensar que te casaste conmigo para esto!
—Héctor —respondió Annie, echándose atrás con dignidad—, ¿te atreves a compadecerte de mí? ¡Eso sería insultarme! ¡Como si no fuera digna de ser tu esposa por hacerlo todo por mi madre! ¡Hay miles de muchachas escocesas que estarían más que orgullosas de ocupar mi lugar, por pobre que seas —y no podrías ser mucho más pobre— y servirte, sin ser tu esposa, como tengo el honor y el orgullo de ser! Pero, bendito mío, ¡bien creo que no has comido nada hoy; y aquí me tienes imaginando que soy tu esposa, y dejándote ahí de pie con el estómago vacío, en vez de moverme a buscarte la cena! ¡Qué vergüenza! ¡Si te estás muriendo de hambre de verdad! —exclamó, escudriñando su rostro con ojos compasivos.
—Por el contrario, no tengo hambre en absoluto —protestó Héctor.
—Entonces debe de tener hambre ahora mismo, señor. Iré a traerle algo cuyo solo aspecto le abrirá el apetito.
“Pero no tienes dinero, Annie; y, no pudiendo pagar, tendremos que prescindir de ello. Ven, nos iremos a la cama”.
—Sí, estoy lista; he desayunado bien. Pero tú no has tomado nada en todo el día. Y en cuanto a dinero, ¿sabes?, la señorita Hamper, la modista, en realidad se ofreció a prestarme un chelín, y lo acepté. Aquí está. Ya ves, estaba tan segura de que traerías dinero a casa que pensé que podíamos endeudarnos esa cantidad un poco más. Así que te compré dos huevos frescos y una hogacita blanca preciosa. Además, acabo de pensar en otra