hermoso sobre la faz de la tierra. Pero lo que empeoraba las cosas era que la vieja tradición dictaba que esas habitaciones debían reservarse exclusivamente para el uso del dueño del castillo. Y, en verdad, cada vez que entraban en ellas, tal era el efecto de su elevación y grandeza en sus mentes, que siempre pensaban en la vieja historia y no podían evitar creer en ella. Tampoco permitía el hermano que se olvidasen de ella ahora; sino que, apareciendo de repente entre ellos, cuando no esperaban ser interrumpidos por él, los reprendió, tanto por la naturaleza indiscriminada de su invitación como por la intención de introducir a cualquiera —por no hablar de algunos que sin duda harían acto de presencia en la noche en cuestión— en las estancias guardadas como sagradas para el uso del padre desconocido. Pero para entonces su conversación mutua había exaltado tanto sus expectativas de disfrute, las cuales ya de por sí eran bastante intensas, que la ira brotó en su interior al pensar en verse privados de sus esperanzas, y se miraron a los ojos; y la mirada decía: > «Somos muchos y él es uno; librémonos de él, pues siempre está poniendo pegas y frustrando nuestros placeres más inocentes; ¡como si nosotros quisiéramos hacer algo malo!». Así que, sin mediar palabra, se abalanzaron sobre él; y aunque él era más fuerte que cualquiera de ellos y luchó con fuerza al principio, al final lo vencieron. De hecho, algunos pensaron que él se rindió a su violencia mucho antes de que lo dominaran; y esta misma sumisión aterrorizó a los de corazón más blando entre ellos. Sin embargo, lo ataron; lo bajaron por muchas escaleras y, habiendo recordado un gancho de hierro en la pared de cierto calabozo, con una cadena gruesa y mohosa sujeta a él, lo llevaron allí y le aseguraron
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Una parábola
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