Tangle was very unwilling to go.
—¿Por qué he de dejarla? No conozco al joven —le dijo ella a la señora.
—Nunca se me permite conservar a mis hijos por mucho tiempo. No tienes necesidad de ir con él a menos que quieras, pero has de ir algún día; y quisiera que fueses con él, pues él tiene la llave de oro.
Ninguna muchacha necesita temer ir con un joven que tenga la llave de oro. Cuidarás de ella, Mossy, ¿verdad?
—Eso haré —dijo Mossy.
Y Tangle le dirigió una mirada, y pensó que le gustaría ir con él.
—Y —dijo la señora—, si llegan a perderse el uno al otro mientras atraviesan el... el... nunca puedo recordar el nombre de ese país—, no tengan miedo, sino sigan adelante y adelante.
Besó a Tangle en la boca y a Mossy en la frente, los guio hasta la puerta y agitó la mano hacia el este.
Mossy y Tangle se tomaron de la mano y se alejaron hacia lo más profundo del bosque.
En su mano derecha, Mossy sostenía la llave de oro.
Anduvieron de este modo un largo trecho, divirtiéndose sin fin con la charla de los animales. Pronto aprendieron lo suficiente de su idioma como para hacerles las preguntas necesarias. Las ardillas se mostraban siempre amistosas y les daban nueces de sus propios depósitos; pero las abejas eran egoístas y groseras, justificándose con el argumento de que Tangle y Mossy no eran súbditos de su reina, y que la caridad bien entendida empieza por casa, aunque en realidad no tenían ni un solo zángano en su hospicio por entonces.