“Con las influencias de la habitación de mi infancia agolpándose sobre mí, seguí repitiéndome la rima travestida hasta que me quedé dormido.
—Ahora, muchachos y muchachas, si estuviera escribiendo una novela, me gustaría hacer que, de algún modo u otro, juntarais los hechos: que yo estaba en la habitación que he mencionado; que había estado en la bodega con mi tío por primera vez esa noche; que había visto la angustia de mi tío y escuchado sus reflexiones sobre su padre.
Puedo añadir que yo mismo, ni siquiera entonces, era tan indiferente a los méritos de un buen vaso de oporto como para ser incapaz de comprender la consternación de mi tío, y la de sus invitados al fin, si llegaban a descubrir que la tormenta de nieve había cerrado en efecto los dulces accesos del esperado oporto.
Si a mí en lo personal el asunto me era indiferente, temo que deba atribuirse a vuestra madre, y no a mí mismo.
—¡Tonterías! —interpuso mi madre una vez más—.