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nydus/Short FictionPublic
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El Pintor Cruel

dormido hacia quien sintiera una atracción basada en un antiguo afecto. Chupaba la sangre de este infeliz ser, transfiriéndose a sí mismo tanta vida como un vampiro pudiera asimilar. La muerte era la consecuencia segura. Si las sospechas acertaban y abrían la tumba adecuada, el cuerpo del vampiro se hallaría perfectamente fresco y lozano, a veces de hecho con un cutis más bien encendido; con el cabello crecido, los ojos medio abiertos y las manchas de sangre reciente en sus labios codiciosos y parecidos a sanguijuelas. No quedaba más remedio que consumir el cadáver hasta reducirlo a cenizas, tras lo cual el vampiro no volvería a aparecer. Pero lo que aumentaba infinitamente el horror era la certeza de que quienquiera que muriese por la boca del vampiro, ya fuera un abuelo arrugado o una doncella delicada, debía a su vez levantarse de la tumba y salir convertido en vampiro para chupar la sangre de los seres más queridos que había dejado atrás. Esta era la generación de la estirpe vampírica. Lilith temblaba ante el solo nombre de la criatura. Karl estaba demasiado enamorado como para temerle a nada. Sin embargo, el evidente miedo del escéptico pintor se adueñó de su imaginación; y, bajo la influencia de los brebajes de los que aún bebía sin saberlo, cuando no pensaba en Lilith, pensaba en el vampiro.

Mientras tanto, el estado de las cosas en la casa del pintor seguía muy igual para Wolkenlicht: trabajo todo el día; ninguna comunicación entre los jóvenes; la comida y el vino; lectura silenciosa al terminar la labor, con frecuentes miradas furtivas por encima del libro, miradas que nunca eran correspondidas; las frías buenas noches; el cerrojo de la puerta; la noche en vela y la mañana somnolienta. Pero al fin se produjo un cambio, y antes de lo que cualquiera de los presentes había esperado. Pues, ya fuera porque la impaciencia de

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