misma junto al pequeño pozo en el suelo de la cabaña, con un brazo mojado hasta el hombro. Se arrojó sobre el lecho de brezo y lloró de alivio y de disgusto a la vez.
La sabia salió de la cabaña, cerró la puerta y la dejó sola. Rosamond sollozaba de tal manera que no la oyó marchar.
Cuando al fin levantó la vista y vio que la sabia se había ido, su miseria regresó renovada y multiplicada por diez, y lloró y se lamentó.
Pasaron las horas, las sombras del atardecer comenzaron a caer y la sabia entró.