lo que habían tomado por un montón de paraguas, era en realidad una bandada de gansos negros. Un gran pavo iba detrás de ellos haciendo gorgoritos, arreándolos a todos por un callejón hacia el bosque. Richard pensó para sus adentros: «Aquí hay algo que no alcanzo a comprender. Pero un paraguas capaz de poner huevos sería un paraguas de lo más divertido». Así que, para cuando la gente empezaba a reírse los unos de los otros, Richard iba a mitad del callejón pisándole los talones a los gansos.
Allí se agachó y atrapó uno de ellos, pero en vez de un ganso tenía en las manos un enorme erizo, que dejó caer consternado; tras lo cual se alejó marchando pesadamente vuelto a ser un ganso como antes, y todos ellos empezaron a sisear y sisear de un modo que él no pudo confundir.
En cuanto al pavo, este gorgoriteó y graznó y se ahogó y volvió a estar bien de la manera más ridícula. De hecho, parecía a veces olvidar que era un pavo, y se reía como un tonto.
De repente, con un siseo simultáneo de cuello estirado, volaron hacia el bosque, y el pavo tras ellos.
Pero Richard pronto los alcanzó de nuevo, y los encontró a todos colgados de los pies de los árboles, en dos filas, una a cada lado del sendero, mientras el pavo seguía caminando. A este lo siguió Richard; pero en el momento en que llegó al centro de los gansos suspendidos, por todas partes surgieron los más espantosos siseos, y sus cuellos se fueron alargando cada vez más, hasta que hubo cerca de treinta picos anchos muy cerca de su cabeza, soplándole en la cara, en los orejas y en la nuca.
Pero el pavo, mirando a su alrededor y viendo lo que pasaba, dio media vuelta y regresó. Cuando llegó al lugar, miró al primero y le glugutearon de la manera más salvaje. Ese ganso enmudeció y cayó del árbol.