blanca y la piel verde. Y se decía a sí mismo: «Si yo fuera un junco ahora, exactamente así es como me empeñaría en crecer». Y sabía lo que sentía el brezo con sus raíces frías y su cabeza de campanillas moradas; y el algodonero de aspecto sabio, al que la anciana llamaba sus ovejas, y cuya barba blanca hilaba para convertirla en hilo. Y sabía para qué lo hilaba: a saber, para tejerlo en una hermosa tela blanca con la que hacer camisones para toda la buena gente que estaba a punto de morir; pues quien llevaba uno de estos camisones jamás moría, sino que era acostado en una hermosa cama blanca, y se le cerraba la puerta, y ningún ruido se le acercaba, y yacía allí, soñando dulces sueños frescos, hasta que el mundo había dado la vuelta y estaba listo para que él se levantara otra vez y hiciera algo.
Sentía el viento jugando con cada brizna de hierba en su círculo encantado. Sentía los rayos de calor brotando del conducto caliente bajo el musgo. Sabía el momento exacto en que la vid iba arrancarse de la tierra, y sentía los jugos acumulándose y fluyendo desde las raíces hasta las uvas.
Y al mismo tiempo parecía estar en su casa, cuidando a la vaca, o preparando la cena de su padre, o leyendo un cuento de hadas mientras se sentaba a esperar que él regresara.
Por fin llegó la tarde del tercer día. Colin exprimió las jugosas uvas rojas en su botella, la tapó, se echó la azuela al hombro y emprendió el camino de casa, guiado por un pico que reconocía a lo lejos. Tras caminar toda la noche a la luz de la luna, llegó por fin a un lugar que reconoció y descendió así hasta el arroyo, que siguió de vuelta a casa.
Se encontró a su padre que salía con sus ovejas. Grande fue su alegría al ver a Colin de nuevo, pues había estado terriblemente preocupado por él. Colin le contó toda la historia; y como por entonces los prodigios eran mucho más fáciles de creer de lo que son ahora, el padre de Colin no se