Estaba profundamente entregado al goce artístico de una forma, a la vez tan bella y fuerte, pero con las líneas del sufrimiento en cada miembro y facción, cuando la mano de su hija tocó el pestillo. Dio un sobresaltó, arrojó el cortinaje de terciopelo sobre el cuerpo y fue hacia la puerta.
Pero Lilith había desaparecido. Regresó a sus labores. La operación llevó mucho tiempo, pues la realizó con sumo cuidado. Hacia la medianoche, había terminado de envolver el cuerpo en una coraza de yeso de ceñida adherencia que, al ser partida y ensamblada, serviría de matriz para la forma del difunto Wolkenlicht.
Antes de dejarla fraguar hasta la mañana, se disponía a reforzarla con una capa adicional por todas partes, cuando un relámpago, reflejado con toda su intensidad deslumbrante desde la nieve exterior, casi lo cegó. Le siguió un trueno de largos ecos; se levantó el viento; y estalló una tormenta exactamente igual a la que se había desatado poco antes con la muerte de Kuntz, cuyo espectro aún atormentaba a la ciudad.
Los gnomos del terror, ocultos en lo más hondo de las cavernas de la naturaleza de Teufelsbürst, estallaron jubilosos. Con manos temblorosas trató de arrojar el paño fúnebre sobre la espantosa crisálida blanca —falló— y huyó a su aposento.
Y allí quedó el estudio expuesto a los ojos del relámpago, con sus formas atormentadas palpitando en la oscuridad y estremeciéndose, como si tuvieran vida, en las palpitaciones casi continuas de la luz; mientras que sobre el lecho yacía la masa inmóvil de blancura, que brillaba con reflejos azules bajo el rayo, casi más terrible en sus indicios toscos de la forma humana que aquello que encerraba. Yacía allí como si hubiera caído de algún árbol del caos, demacrada por las nieves de la eternidad: una enorme nuez deforme, con un cadáver por almendra.
Pero el relámpago pronto habría revelado una visión aún más terrible, de haber habido ojos capaces de contemplarla.