impedir que albergara la presuntuosa esperanza de elegir y moldear de tal modo el corazón y la mente de una mujer que estos fueran como espejos cóncavos de los suyos propios. No quiero decir que hubiera admitido la metáfora, pero tal era en realidad el fin que buscaba a ciegas. Me pregunto cuántos de aquellos que se han visto defraudados en semejante empeño habrán despertado con ello a la percepción de qué fracaso espantoso habría sido su éxito para ambas partes. Bastante malo era que las teorías de Augustus Greatorex hubieran coartado su propio desarrollo; diez veces peor habría sido que hubieran operado en detrimento de otra alma.
Letty Merewether era hija de un obispo in partibus. Había nacido razonablemente inocente, había crecido más que razonablemente bonita y era, cuando llegó a Inglaterra a la edad de dieciséis años, un ejemplo tan fiel de la hoja de papel en blanco de Locke como bien podría haber caído en manos de un experimentador como Greatorex deseaba fervientemente llegar a ser.