“Debiste haberlo sabido, en el preciso instante en que posaste los ojos en ella —dijo el rey—. A cualquiera que no reconozca a una princesa en cuanto la ve, deberían sacarle los ojos”.
—Ciertamente que debería —dijo la reina.
A esto no respondieron nada, porque no tenían ninguna preparada.
—¿Por qué no la trajiste de inmediato al palacio —prosiguió el rey—, ya supieras que era una princesa o no? Mi proclama no dejaba nada a tu criterio. Decía todo niño...
—No supimos nada de la proclamación, majestad.
—Deberías haber oído —dijo el rey—. Me basta con hacer proclamaciones; a ti te toca leerlas. ¿Acaso no están escritas en letras de oro sobre las puertas de bronce de este palacio?
—Un pobre pastor, majestad; ¿cuán a menudo debe dejar su rebaño e ir cientos de millas para ver si acaso hay algo escrito en letras de oro sobre las puertas de bronce? No sabíamos que vuestra majestad hubiera hecho una proclamación, ni siquiera que la princesa estuviera perdida.
—Debías haberlo sabido —dijo el rey.
El pastor guardó silencio.
—Pero —dijo la reina, tomando la palabra—, todo eso no es nada, si pienso en cómo maltrataste al querubín.
El único fundamento que tenía la reina para hablar así era lo que Inés le había contado sobre cómo iba vestida la princesa; y su estado le parecía a la reina tan miserable, que se había imaginado toda clase de opresión y crueldad.