Hector accedió, y juntos buscaron la terraza donde vivían el señor y la señora Gillespie, quienes se mostraron muy interesados en su historia; y entonces por primera vez supieron que la señora al menos tenía la solvencia suficiente para poder ayudarles, y, cuando se marcharon, habría querido que Annie se llevara una docena de sus pañuelos para bordar en ellos sus iniciales y su escudo; pero Annie suplicó que se le permitiera llevarse tan solo uno, para que la señora Gillespie pudiera ver primero cuánto le gustaba su trabajo.
—Pues ves, entonces —le dijo a su marido mientras volvían a casa—, podré devolvérselo esta misma tarde y pedirle la media corona que me ofreció por hacerlo, lo cual no habría tenido la cara de hacer con once más todavía en mi poder.
No dudo de que esté satisfecha con mi trabajo; y en una semana habré terminado la mitad de ellos, y nos irá viento en popa.
A lo largo del invierno, Héctor escribió sin pausa todas las noches, y todas las noches Annie se sentaba a su lado a bordar, aunque su bordor no era todo para los demás. Muchas veces, en los años venideros, sus pensamientos volvían a aquel período como el arquetipo de la vida feliz que estaban compartiendo.
La vez siguiente que Héctor fue a ver al señor Gillespie, este caballero le sugirió que impartiera un ciclo de conferencias sobre poesía inglesa dirigido a señoras, empezando por los poetas anglosajones, de los cuales Gillespie dijo que no sabía nada, pero que le encantaría aprender muchísimo.
Sabía también, según dijo, de algunas señoras del vecindario dispuestas a pagar una guinea cada una por un ciclo de, digamos, media docena de conferencias de ese tipo. A Héctor no le costarían mucho tiempo de preparación y le aportarían algo de dinero de inmediato.
El propio Coleridge, sugirió, había hecho ese tipo de cosas.