En verdad, no veo que en cuestión de mérito hubiera todavía mucho que elegir entre ellos.
Apenas es necesario decir, pues, que entre ellos se daba una aproximación de cualquier tipo muy poco perceptible. ¡Si al menos hubieran leído a Dickens juntos! ¡Quién sabe lo que habría podido salir de eso! Pero esta sorda y animal cercanía física, sin la más mínima proximidad consciente de corazón, de mente o de alma —y con tan pocas oportunidades, por absoluta falta de necesidades, de demostrarse amabilidad el uno al otro—, ¡cierto que es una clase de cosa que mata! Y sin embargo, y sin embargo, siempre hay algo —llámese hábito, o del modo más mezquino que se plazca— que crece entre dos personas que pasan mucho tiempo juntas, al menos cuando ni se pelean ni estorban los designios del otro, lo cual, tendiendo con sus raíces hacia lo más profundamente humano, florece en... una flor de veras mezquina y pequeña, aunque comparta de lejos la naturaleza del amor. Ese Algo rara vez revela su existencia hasta que se separan. Sospecho que, para no pocos, la Muerte es el mensajero