El Sol
Allí se sentó Nycteris, y allí yacía el joven, durante toda la noche, en el corazón de la gran sombra cónica de la tierra, como dos faraones en una misma pirámide.
Photogen dormía y dormía; y Nycteris permanecía inmóvil para no despertarlo y traicionarlo así ante su miedo.
La luna cabalgaba alta en la azul eternidad; era un verdadero triunfo de la noche gloriosa; el río corría balbuceante y susurrante en sílabas profundas y suaves; la fuente seguía brotando hacia la luna y floreciendo a cada instante en una gran flor plateada, cuyos pétalos caían por siempre como nieve, pero con un continuo choque musical, en el lecho de su agotamiento debajo; el viento se despertó, dio una carrera entre los árboles, se volvió a dormir y volvió a despertar; las margaritas dormían de pie a los pies de ella, pero ella no sabía que dormían; bien podía parecer que las rosas estaban despiertas, pues su aroma llenaba el aire, pero en verdad dormían también, y el perfume era el de sus sueños; las naranjas colgaban como lámparas de oro en los árboles, y sus flores plateadas eran las almas de sus hijos aún desincorporados; el aroma de las flores de acacia llenaba el aire como el perfume mismo de la luna.
Al fin, desacostumbrada al aire viviente y cansada de estar sentada tan quieta y por tanto tiempo, Nycteris sintió somnolencia. El aire comenzó a refrescar. Se acercaba la hora en que ella también solía dormir. Cerró los ojos por un solo momento y cabeceó; los abrió de par en par de repente, pues había prometido vigilar.