perdonar a Annie, y cediendo a un repentino impulso celta, se arrodilló a sus pies, le arrebató la mano —que ella no tenía fuerzas para retirarle—, la cubrió de besos ávidos y la colocó sobre su cabeza. Poco más le habría faltado para postrarse de hinojos ante ella, levantarle un pie y ponérselo en el cuello.
Pero su padre acudió al rescate con un poco de su sentido común.
—¡Bah, Héctor! —dijo—; dale tiempo a la muchacha para que recobre el sentido. ¿La cortejarás como a un maníaco furioso? No me extraña en absoluto, la verdad, después de lo que le oíste decirme, que te hayas caprichado de ella tan de repente; pero…
—Padre —interrumpió Héctor—, no es un capricho, ¡y menos aún uno repentino! Me enamoré de Annie desde la primera vez que la vi sirviendo a la mesa. Es verdad que durante un tiempo no comprendí lo que me había sucedido; pero lo comprendo ahora, lo comprendí desde el principio, ¡y ahora y para siempre amaré y adoraré a Annie!
—Sr. Hector —dijo Annie—, estuvo muy mal de su parte escuchar. No sabía que había nadie más que su padre. Jamás se supuso que usted fuera a oír; y no creí que fuera a hacer algo tan deshonroso. ¡No fue propio de usted, Sr. Hector!
—¿Cómo iba a saber que tenías secretos con mi padre, Annie? Honrosos o no, el asunto está hecho, y me alegro de ello—sobre todo por haber escuchado lo que no tenías intención de decirme.
—¡No lo habría creído de usted, señor Hector! —insistió Annie.
—Pero, ahora que lo pienso —sugeriría el señor Macintosh—, ¿no crees que tu madre pueda tener algo que decir en el asunto entre ustedes?
Era un pensamiento que ya empezaba a vislumbrarse en su mente y que aterrorizaba a Annie; sabía muy bien, en efecto, cómo vería la madre de