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nydus/Short FictionPublic
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VIII

algo diferente; pues, mientras el rey caía en la barca, ella caía al agua. Con una carcajada deliciosa, desapareció en el lago. Un grito de horror se elevó desde las barcas. Jamás habían visto sumergirse a la princesa. La mitad de los hombres se metieron bajo el agua en un instante; pero todos ellos, uno tras otro, volvieron a la superficie para tomar aliento, cuando —¡tin, tin, murmullo y chorro!— la risa de la princesa cruzó el agua desde lo lejos. Allá estaba, nadando como un cisne. Y no quiso salir ni por el rey ni por la reina, ni por el canciller ni por su hija. Era perfectamente obstinada.

Pero al mismo tiempo parecía más sosegada que de costumbre. Tal vez se debiera a que un gran placer quita las ganas de reír. En cualquier caso, a partir de entonces, la pasión de su vida fue meterse en el agua, y cuanto más se bañaba, mejor se portaba y más hermosa estaba. En verano y en invierno era exactamente igual; solo que no podía estar tanto tiempo en el agua cuando tenían que romper el hielo para dejarla entrar. Cualquier día, desde la mañana hasta la noche en verano, se la podía divisar —una raya blanca en el agua azul—, tendida tan quieta como la sombra de una nube, o surcándola como un delfín; desapareciendo y reapareciendo a lo lejos, justo donde uno menos se lo esperaba. Habría estado en el lago también por la noche, si se hubiera salido con la suya; pues el balcón de su ventana daba a una profunda poza del mismo; y a través de un estrecho paso cubierto de juncos habría podido nadar hacia la inmensa agua húmeda, y nadie se habría enterado de nada. En efecto, cuando se despertaba a la luz de la luna apenas podía resistir la tentación. Pero existía la triste dificultad de meterse en ella. Le temía tanto al aire como algunos niños le temen al agua. Pues la más mínima ráfaga de viento se la llevaría volando; y una ráfaga podía levantarse en el momento más apacible. Y si se impulsaba hacia el agua y por poco no la alcanzaba, su situación sería terriblemente embarazosa, al margen del viento; pues, en el mejor de los casos, tendría que quedarse allí, suspendida con su camisón, hasta que alguien la viera desde la ventana y la pescara con anzuelo.

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