voz del océano, Cuando sus olas alzadas se regocijan;— Tal, alma mía, sería tu mundo, Si ningún amor cantara en ti. > > “Señora, conserva el gozo de tu mundo; Mantén las aguas ante tus ojos. El amor me ha dado fuerzas para ir, Por ti, a los reinos inferiores, Adonde el brillo y el murmullo del agua Nunca llegan a través de la oscuridad: Deja, te ruego, que un pensamiento de mí Brote, como un pequeño pozo, en ti; No sea que tu alma desprovista de amor se halle Semejante a
—Canta otra vez, príncipe. Hace que sea menos tedioso —dijo la princesa.
Pero el príncipe estaba demasiado abrumado para seguir cantando, y siguió una larga pausa.
—Muy amable por su parte, príncipe —dijo por fin la princesa, con absoluta calma, mientras yacía en la barca con los ojos cerrados.
—Siento no poder devolverle el cumplido —pensó el príncipe—; pero, después de todo, bien vale la pena morir por ti.
De nuevo una olita, y otra, y otra fluyeron sobre la piedra, y mojaron ambas rodillas del príncipe; pero él no habló ni se movió. Dos, tres, cuatro horas pasaron de este modo, la princesa aparentemente dormida, y el príncipe muy paciente. Pero estaba muy decepcionado con su postura, pues no tenía ninguno de los consuelos que había esperado.
Por fin no pudo soportarlo más.
—¡Princesa! —dijo él.
Pero en aquel momento se levantó la princesa, gritando:
“¡Floto! ¡Floto!”