mano, lista para ir a la iglesia. Cuando su padre le dijo que él no iba a ir, se quedó tan descolocada que a él le dio lástima y la acompañó hasta la puerta del templo, prometiendo esperarla a la salida. Phosy suspiró aliviada al entrar, pues tenía la vaga idea de que, yendo a la iglesia a rezar por ello, tal vez conmovería al Señor para que la castigara. Al menos, Él la vería allí y tal vez se acordaría. Nunca antes había recibido semejante atención por parte de su padre, ni se le había conferido tanta dignidad como para que se le permitiera ir sola a la iglesia, sentándose en el banco ella sola como una señorita hecha y derecha. Pero dudo que hubiese orgullo alguno en su paso majestuoso, ni vanidad en la sonrisa —no, sonrisa no, sino bruma iluminada, el vapor de las sonrisas—, que rondaba su dulce y solemnemente recogida carita, parecida al vitral de una iglesia, mientras caminaba por el pasillo central.
El predicador era alguien de quien ella nunca había oído decir a su padre una palabra despectiva, y en quien su confianza ilimitada jamás se había visto quebrantada.
Asimismo, era un hombre que creía con toda su alma en las cosas que hacen que la Navidad sea preciosa. Para él, el nacimiento del niño maravilloso apuntaba a cientos de cosas extrañas en la economía del planeta.
Que un hombre pudiera persuadirse tan a fondo como para creer la vieja fábula era motivo de asombro para algunos de sus amigos, que consideraban a la Naturaleza ciega como la madre eterna, y a la Noche como la abuela perenne de todas las cosas.
Pero la niña Phosy, ya fuera en sueños o despierta, en la iglesia o en la guardería, con su libro o su muñeca, nunca salía del reino de las maravillas, y habría creído, o intentado creer, cualquier cosa que no implicara una imposibilidad moral.
Lo que dijo el predicador no necesito ni repetirlo en parte; basta con mencionar cierto sedimento metamorfoseado del caudal de su elocuencia