Casi sin la menor idea de cómo tomarlo siquiera en brazos, ahora mandaba a buscarlo en cuanto tomaba el té y, de un modo ridículo a los ojos de la niñera, lo mecía y acariciaba, y se paseaba pavoneándose con él ante su mujer, mirándola de reojo de vez en cuando para señalarle la lección de que tal era la manera en que un padre debía portarse con un hijo.
En su presencia ella nunca mostraba abiertamente su antipatía, pero su mirada parecía fija todo el tiempo en algo muy lejano, como si no tuviera nada que ver con el asunto.