los cerdos. De hecho, parecía completamente perdido y arruinado; de modo que incluso después de haber salido del corral con gran esfuerzo, tardaba mucho tiempo en recomponerse, y sin llegar a lograrlo del todo, se escurría como avergonzado, con las fuerzas agotadas y una velocidad indigente; hasta que al fin, al encontrar la ayuda amistosa de un riachuelo que bajaba directo de las colinas, cobraba ánimo y volvía a saltar con brío.
“No puede ser todo lo que bebe la vaca lo que marca la diferencia”, se dijo Colin a sí mismo.
“A los cerdos no les importa. Bien creo que está ofendida por haber sido zarandeada. La vaca no está sucia, pero es bastante estúpida e inconsiderada. Los cerdos están sucios. Hay que hacer algo. A ver”.
Reconoció todo el terreno. Al otro lado de la casa todo era roca, por la cual no podía abrirse paso; y se vio obligado a llegar a la conclusión de que la única otra ruta que le quedaba por tomar al arroyo atravesaba directamente la cabaña.