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nydus/Short FictionPublic
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Un asombro

Él era más bien un cuadro en aquel preciso momento, aunque no uno muy encantador, sentado, con el sombrero todavía puesto en la cabeza, en medio de la habitación, en una silla a mitad de camino entre la mesa del comedor y el aparador, con su copa de vino en la mano.

Estaba meditando en parte sobre el placer, pero aún más sobre lo peculiar de su situación.

Un obispo me contó una vez que, poco después de haber sido elevado a la dignidad episcopal, los caballos de un amigo —cuyo cochero se había caído del pescante borracho— se desbocaron con él y volcaron el carruaje. Salió a gatas por la ventanilla que le quedaba arriba, y el primer pensamiento que acudió a su mente mientras iba sentado en lo alto del carruaje, mientras este era arrastrado a los tumbos por los caballos enloquecidos, fue: «¿Qué hacen los obispos en tales circunstancias?».

Igualmente desconcertante era la pregunta que Dempster tenía que plantearse: ¡cómo solían comportarse los maridos que, tras ocho años de matrimonio, recibían súbita e inesperadamente el don de un primogénito!

Se sirvió otro vaso, y con él le vino la reflexión, a la vez divertida y consoladora, de que su hermano, que esperaba confiado que su ordenada suma de cinco cifras coronara algún día la dicha terrenal de uno o más miembros de su numerosa familia, se llevaría una sorpresa igual, aunque menos agradable.

«¡Bien se lo tiene empleado!», se dijo. «¿Qué derecho tienen a estar aguardando mi muerte?».

Y por un momento los cielos le parecieron un poco más justos de lo que por lo general solía considerarlos.

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