hacía más grande, porque con la misma rapidez con que ella podía verlo crecer, no dejaba de deshacerse en pedazos. Cuando se acercó a él, descubrió que era un árbol de agua —hecho del mismo tipo de agua con el que se lavaba—, solo que estaba vivo, por supuesto, como el río; un tipo de agua diferente a ese, sin duda, visto que una se arrastraba velozmente por el suelo, y la otra se disparaba recta hacia arriba, y caía, y se tragaba a sí misma, y volvía a alzarse. Metió los pies en la taza de mármol, que era la maceta en la que crecía. ¡Estaba llena de agua de verdad, viva y fresca; tan agradable, pues la noche era calurosa!
¡Pero las flores! ¡ah, las flores! Se hizo amiga de ellas desde el primer momento. ¡Qué criaturas tan maravillosas eran!—y tan amables y hermosas—¡mandando siempre tales colores y tales aromas—aroma rojo, aroma blanco y aroma amarillo—para las otras criaturas! La que era invisible y estaba en todas partes, ¡tomaba tal cantidad de sus aromas y se los llevaba! sin embargo, no parecía importarles. Era su modo de hablar, para demostrar que estaban vivas, y no pintadas como las de las paredes de sus habitaciones, y las de las alfombras.