Hizo otro agujero y siguió perforando hasta que hubo tres cientos trece chorros brotando de la roca, que se alejaban formando un caudaloso arroyuelo hacia el mar. Luego se sentó en una cornisa al pie de la roca y esperó.
Al poco rato oyó un clamor de vocecitas que venía del estanque. Habían descubierto que el agua estaba bajando mucho. Pero cuando encontraron los agujeros por los que se escapaba, «¡Tiene la lezna de Dottlecob! ¡Tiene la lezna de Dottlecob!», gritaron a una sola voz de horror.
Al oír esto, Colin volvió a trepar a la roca para disfrutar de su desconcierto. Pero aquí debo dar una pequeña explicación.
En la primera parte de esta historia mostré cuan aficionados eran estas hadas al agua. Pero el hecho es que lo eran con exceso. Se había convertido en un auténtico vicio para ellas.
Su tarea principal había sido cuidar y ayudar a las flores en las que vivían, y hacer buenas obras por todo lo que tuviera algún tipo de vida a su alrededor. De ahí su nombre de Buena Gente.
Pero al descubrir el bien que el agua hacía a las flores, y al compartir el frescor que esta les aportaba, fluyendo hasta ellas por diminutos hilos a través de las venas de las plantas, se habían enamorado del agua misma, por su propio bien, o más bien por el placer que les proporcionaba, al margen de lo beneficiosa que fuera para las flores que vivían de ella.
Así descuidaron su labor y se dedicaron a navegar por los arroyos y a sumergirse en cuantas pozas encontraban. De ahí la rapidez de su decadencia y caída.
Nuevamente, al llegar a la orilla del mar, habían descubierto que el agua salada contribuía en gran medida a devolverles la belleza que habían perdido al probar el Carasoyn.