mientras ella calmaba su miedo, su presencia lo hacía avergonzarse aún más de este. Además, como no conocía la naturaleza de ella, podía incomodarla y hacer que lo dejara con su miseria. Se quedó quieto, por lo tanto, casi sin atreverse a moverse: toda la poca vida que tenía parecía provenir de ella, y si él se movía, ella podría moverse; y si ella lo dejaba, él tendría que llorar como un niño.
—¿Cómo has venido? —preguntó Nycteris, tomando el rostro de él entre sus manos.
—Cuesta abajo —respondió.
—¿Dónde duermes? —preguntó ella.
Señaló hacia la casa. Ella dio una pequeña risa de deleite.
—Cuando hayas aprendido a no tener miedo, siempre querrás salir conmigo —dijo ella.
Pensó para sus adentros que le preguntaría luego, cuando se hubiera recuperado un poco, cómo había logrado escapar, pues ella también, desde luego, tenía que haber salido de alguna cueva en la que Watho y Falca la hubieran tenido encerrada.
—Mira qué colores tan hermosos —prosiguió, señalando un rosal en el que Photogen no lograba ver ni una sola flor—. Son mucho más bellos —¿verdad que sí?— que cualquiera de los colores de tus paredes. ¡Y además están vivos y huelen tan bien!
Deseaba que no lo hiciera abrir los ojos a cada rato para mirar cosas que no podía ver; y a cada momento se estremecía y se aferraba con fuerza a ella, a medida que una nueva punzada de terror se le clavaba dentro.