Rosamond se levantó, subió de nuevo los peldaños hacia su padre y su madre, que estaban sentados como estatuas con los ojos cerrados, a mitad de camino de la parte alta del estrado donde se alzaban sus tronos vacíos, se sentó entre ellos, tomó una mano de cada uno y se quedó inmóvil.
Todo este tiempo muy pocos en la sala vieron a la mujer sabia. En el momento en que se quitó la capa, desapareció de la vista de casi todos los presentes.
La mujer que barría y desempolvaba el vestíbulo y cepillaba los tronos la vio, y el pastor tuvo una vaga visión de ella; pero nadie más que yo sepa logró vislumbrarla.
La pastora no la vio. Tampoco Agnes, pero sintió su presencia sobre ella como el latido de un horno calentado siete veces.
Tan pronto como Rosamond hubo tomado su lugar entre su padre y su madre, la mujer sabia levantó su capa del suelo y se la volvió a echar por encima. Entonces todos la vieron, y Agnes sintió como si una suave nube cubierta de rocío se hubiera intercedido entre ella y los rayos tórridos de un sol vertical. La mujer sabia se volvió hacia el pastor y la pastora.
—Para usted —dijo ella—, usted está suficientemente castigado por la obra de sus propias manos. En vez de hacer que su hija le obedeciera, la dejó convertirse en esclava de sí misma; la aduló cuando debió haberla obligado; la alabó cuando debió haber guardado silencio; la mimó cuando debió haberla castigado; la amenazó cuando debió haberle infligido un castigo—, y ahí está, ¡el fruto maduro de su necedad! Ella es su crimen y su castigo. Lívesela a casa con usted, y conviva hora tras hora con la deshonra cobarde a la que llama su hija. Lo que ella es, el gusano en su corazón ha comenzado a enseñárselo. Cuando la vida ya no sea soportable, venga a verme.
—Señora —dijo el pastor—, ¿no puedo ir con usted ahora?