Había sido atropellado en el mismo acto de huir con el contenido de la caja registradora, había estado casi sin sentido en el hospital mientras le colocaban la férula en la pierna rota, pero, en cuanto recobró el conocimiento, había entrado en tal furia de determinación de regresar con su amo, que el cirujano de guardia vio que la única oportunidad para aquella criatura indomable era ceder. Tal vez tenía alguna vaga idea de devolver el dinero antes de que su amo hubiera descubierto su pérdida. Como era muy pequeño, le hicieron un lecho para él en el taxi, y así lo enviaron.
Parece ser que el sufrimiento y el desfallecimiento le habían dado a su conciencia la oportunidad de hacerse oír. El accidente fue para Charley lo que la visión de la cumbre de la montaña fue para el muchacho Wordsworth.
Estaba delirando cuando llegó, y en lugar de mostrar contrición alguna hacia su amo, solo manifestó una alegría extravagante al volver a encontrarlo. Stephen mandó que lo llevaran a la habitación trasera y lo recostaran en su propia cama.
Uno de los policías fue a buscar a la asistenta y, cuando esta llegó, Stephen fue a buscar a Sara.
Estaba sentada casi como la había dejado, con una mirada apagada y sin esperanza.
—Siento mucho decir que Charley ha tenido un accidente —dijo él.
Se incorporó y juntó las manos.
—¿No está en la cárcel? — jadeó ella con voz ronca.
—No; está en mi casa. Ven a verle. No creo que corra ningún peligro, pero tiene una pierna rota.