—¿Por qué no se quita la chaqueta y la cuelga, señorita? —dijo, con brusquedad.
La pequeña se levantó, abrió de par en par la puerta del armario, arrastró una silla hasta él, fue a buscar su chaqueta a la cama, trepó a la silla y, estirándose mucho hacia adelante para alcanzar una percha, cayó directo al fondo del armario.
—¡Torpe! —exclamó la enfermera con enfado, y sacándola del brazo, la sacudió.
Alice no era por lo general brusca con ella, pero hoy había razones.
Phosy volvió a su asiento de puntillas, pálida, asustada y un poco herida.
Alice colgó la chaqueta, cerró el armario y, girándose, contempló su propio rostro bonito y su esbelta figura en el espejo de enfrente.
Sonó la campana para la cena.
—¡Vaya, lo juro! —exclamó, y se volvió vivamente hacia Phosy—. ¡Y con el pelo sin cepillar todavía, señorita! ¿Aprenderás algún día a hacer algo sin que te lo manden? ¡Menos mal que no tendré que cargar contigo por mucho tiempo! ¡Pero me da lástima la que venga después de mí, vaya que sí!
“¡Si el Señor tan solo me castigara!”, se dijo la niña a sí misma, mientras se levantaba y dejaba el libro con un suspiro.
La criada la agarró bruscamente del brazo y le cepilló el cabello con una prisa airada que hizo que a la niña se le anegaran los ojos en lágrimas, y que ella misma sintiera un poco de vergüenza al verlos.
—¿Cómo iba a querer nadie a una mocosa tan latosa? —dijo, buscando el consuelo de la justificación en la propia niña.