Los caballos salen del arado más cansados por la noche, colgando la cabeza hasta los mismos cascos mientras caminan pesadamente hacia el hogar. El joven y la doncella, aunque perfectamente felices cuando se encuentran, hallan que el camino hacia y desde el lugar de la cita es inexplicablemente largo y sombrío. La flor del espino blanco no es ni tan blanca ni tan roja como solía ser, y la corteza oscura y rugosa se asoma y la hace desaliñada. El día no es tan cálido ni la noche tan amigable como antes. En una palabra, falta eso que nadie puede describir ni conformarse con perder. Todo es vulgar. Todo se queda corto respecto a las expectativas de uno.
Pero de ahí no se sigue que el país al que las hadas son desterradas sea mucho más rico y hermoso por su presencia.
Si ese país tiene sus propias hadas, no necesita más, y Devon en especial ha sido rica en hadas desde la época de los fenicios, y muchísimo antes de eso.
Pero suponiendo que no quedaran aborígenes con los que pelearse, pasan siglos antes de que la nueva inmigración pueda adaptarse a su nuevo hogar. Hasta que esto ocurre, suceden constantemente las cosas más extrañas.
Pues, ¿cómo iba a crecer bien un corregüela con el alma de una campanilla dentro, por ejemplo? Las hadas desterradas se ven obligadas a hacer lo que pueden y a tomar las flores más cercanas que encuentren.