todo el día; y cada vez que Karl se atrevía a echarle una ojeada, lo veía todavía mirándolo fijamente. El descubrimiento de que sus cuadros habían recuperado su estado anterior contribuyó sin duda a llevarle a la misma conclusión que los demás hechos, fuera cual fuese esa conclusión —probablemente la de que había sido juguete de algún poder maligno y había estado embrujado por completo durante la mayor parte de una semana—. Lilith se había encargado de instruir a la anciana, sobre la que tenía un poder absoluto; y como ninguna de las dos mostró el menor rastro del asombro que parecía ir vitrificando lentamente su propio cerebro, él acabó por convencerse plenamente de que todo había marchado bien en todas partes salvo en su fuero interno; y en esta conclusión ciertamente no iba muy desencaminado, en más de un sentido. Pero cuando todo volvió a la vieja rutina, se hizo evidente que la dirección peculiar de su arte a la que hasta entonces se había entregado había dejado de interesarle. El impacto había actuado principalmente sobre aquella parte de su ser mental que había estado tan absorta. Se quedaba sentado durante horas sin hacer nada, aparentemente sumido en la meditación.— Transcurrieron varias semanas sin ningún cambio, y tanto Lilith como Karl empezaron a preocuparse terriblemente por él. Karl le dispensaba toda clase atenciones; y el viejo, pues ahora parecía mucho más mayor que antes, se avenía a recibir sus servicios así como los de Lilith. Por fin, una mañana, dijo con tono lento y reflexivo—
“Karl Wolkenlicht, me gustaría pintarte”.
—Desde luego, señor —respondió Karl, poniéndose de pie de un salto—, ¿dónde le gustaría que me siente?
Así se rompió el hielo del silencio y la inactividad, y el pintor dibujó y pintó; y la fuente de su arte brotó una vez más; y le hizo un hermoso