—Ven, Buffy —dijo Tricksey—; allá hay un gran matorral; nos esconderemos en él.
El freno era una gran escoba; y apenas se habían metido entre las cerdas de esta cuando oyeron que la puerta se abría con un ruido de trueno y el gigante entró a zancadas. Habría creído ver la tierra entera a través de la puerta cuando la abrió, de lo ancha que era; y cuando la cerró, fue como la caída de la noche.
—¿Dónde está ese muchachito? —gritó con una voz parecida al estruendo de un cañón—. Me pareció un muchacho muy simpático de verdad. Estoy casi seguro de que se deslizó por el agujero del ratón en la parte baja de la puerta. ¿Dónde está, querida?
—No lo sé —respondió la giganta.
—Pero sabes que es muy malo decir mentiras; ¿verdad, querida? —replicó el gigante.
—¡Ahora, viejo retumbón y ridículo! —dijo su mujer, con una sonrisa tan amplia como el mar bajo el sol—, ¿cómo voy a remendar tus medias blancas y cuidar de los hijitos? Seguro que tienes de sobra para aguantar el domingo. ¡Mira nomás qué niños tan buenos son!
Tricksey-Wee y Buffy-Bob miraron a través de las cerdas y descubrieron una hilera de niños pequeños, como una docena, con caras muy gordas y ojos desorbitados, sentados ante el fuego y mirándolo con cara de lelos.
Thunderthump destinaba la mayoría de estos a la salmuera, y los estaba alimentando bien antes de salarlos. De vez en cuando, sin embargo, no podía apartar los dientes de ellos, y se comía alguno de cuando en cuando, sin sal.
Se dirigió a zancadas hacia los desgraciados niños.