“Sí, lo soy. Soy muy, muy vieja. Puedo ayudarte, lo sé. Puedo ayudar a todo el mundo”.
Y el niño se acercó y la miró al rostro de tal manera que ella rompió a llorar.
—¿Puedes decirme el camino al país del que caen las sombras? —sollozó ella.
“Sí. Conozco muy bien el camino. Yo mismo voy a veces. Pero tú no podrías ir por mi camino; no tienes la edad suficiente. Te mostraré cómo puedes ir”.
—No me envíes de nuevo al gran calor —rogó Tangle.
—No lo haré —respondió el niño.
Y él estiró la mano y le puso su manita fría sobre el corazón.
“Ahora —dijo—, puedes irte. El fuego no te quemará. Ven”.
Él la guio fuera de la cueva y, siguiéndolo a través de otro arco, ella se vio en un vasto desierto de arena y roca.
El cielo del lugar era de roca, cerniéndose sobre ellos como nubarrones sólidos; y todo el sitio era tan caluroso que vio, en brillantes arroyuelos, el oro amarillo, la plata blanca y el cobre rojo derretidos escurrir de las rocas.
Pero el calor jamás la rozó.
Cuando hubieron andado un buen trecho, el niño levantó una gran piedra y sacó algo parecido a un huevo de debajo de ella. Luego trazó con el dedo una larga línea curva en la arena y colocó el huevo en ella. A continuación dijo algo que Tangle no pudo entender.