Las hermanas le habían vendado los ojos a su hermanito, y lo llevaban ya a sus espaldas, ya en brazos, por todas partes; ahora piso arriba, hablando de los agrestes senderos de montaña que estaban escalando; ahora de nuevo abajo, haciéndole creer que descendían a un valle estrecho; luego abrían el grifo de un barril de agua de lluvia y simulaban que viajaban por la orilla de un arroyo. Ahora se adentraban en las profundidades de un gran bosque y, cuando el mugido de una vaca les llegaba desde un campo cercano, aquello era el rugido de un león o de un tigre. Por fin llegaron a un lago en el que desembocaba el arroyo, y entonces fue necesario quitarle los zapatos y los calcetines para que pudiera deslizarse sobre el agua con los pies descalzos, los cuales sumergían y salpicaban ora en esta tina, ora en aquella, dispuestas para las labores de la granja y del hogar junto al tonel de agua.
Las hermanas mantuvieron vivas sus propias imaginaciones llevándolo a través de todos los extraños lugares dentro y fuera de la casa.
Cuando le decían que estaban ascendiendo un precipicio, estaban, de hecho, subiendo una escalera bastante difícil hacia la puerta del pajar; cuando le decían que estaban atravesando un desierto sin caminos, estaban, de hecho, en un lugar vasto y vacío, un suelo amplio, utilizado a veces como granero, con las vigas del techo descendiendo hacia él por ambos lados, un lugar abundantemente potente en sus sentimientos para la generación del desierto en el suyo; cuando deambulaban por un bosque sin huellas, estaban, de hecho, serpenteando entre los árboles de un gran huerto que, a la luz de la luna, era lo suficientemente vasto para la fantasía de cualquier niño.
Si le hubieran descubierto los ojos en algún momento, solo le habría abrumado un asombro y un temor de otra índole, más avasallador por ser más real, y más extraño por no haber brotado ni en parte de su propio cerebro.