El zapatero trasgo
Cuando volvió en sí, seguía tumbado en el brezal. Se levantó y miró a su alrededor. La luna estaba alta, pero no se veía ninguna choza.
Ahora estaba bastante arrepentido de haber sido tan tonto. Gritó: «Jenny, Jenny», pero fue en vano. ¿Qué iba a hacer?
Mañana era el octavo de los nueve días que quedaban, y si antes de las doce de la noche del día siguiente no había rescatado a su muchacho, no habría nada que hacer, al menos durante siete años más. Es verdad que el año no se cumplía del todo hasta eso de las siete de la tarde siguiente, pero las hadas, en vez de dar días de gracia, siempre los quitan.
No podía hacer otra cosa que empezar a caminar, simplemente porque eso le daba una sombra más de posibilidad de encontrar la casa del zapatero que si se quedaba sentado, pero no había ninguna posibilidad de elegir una dirección en lugar de otra.
Vagó el resto de aquella noche y el día siguiente. No podía volver a casa antes de la hora en que el zapatero ya no pudiera ayudarlo. Tal era su ansiedad que, aunque no comió ni bebió, jamás pensó en la causa de su creciente debilidad.
Al caer la noche, sin embargo, se dio cuenta de ello dolorosamente, y estuvo a punto de sentarse agotado sobre una gran piedra blanca que parecía invitadora, cuando vio un débil destello frente a él.
Se enderezó en un instante y se encaminó hacia el lugar.